¿Qué probabilidades hay de que tres personas distintas, en un tramo de acera que no mide ni cien metros, te den direcciones incompatibles con una convicción absoluta, casi ofendidas si las pones en duda? Esta mañana he salido en dirección a Los de Pescado con la intención de comer algo decente antes del mediodía, y he preguntado la ruta a un señor que barría la entrada de una ferretería, a una chica que esperaba un autobús, y a un tío con casco de moto colgado del brazo. Los tres sabían exactamente adónde tenía que ir. El problema es que los tres me han mandado en una dirección distinta, y no hablo de variantes del mismo camino: hablo de izquierda, derecha y recto, sin puntos de intersección posibles entre las tres versiones. He dado tantas vueltas por la Avenida Yaxchilán antes de encontrar el local que para cuando he llegado ya me dolían un poco los pies y tenía la camiseta pegada a la espalda del calor.
Pero había cola, lo cual es buena señal o mala señal según la paciencia que le tengas a esperar, y yo ayer la tenía bastante agotada por razones distintas. Ayer me pasó algo en esta misma franja de Yaxchilán que apunté como pendiente de entender, uno de esos momentos donde una persona dice o hace algo que parece relevante pero que en el momento no procesas bien, y que se queda ahí, flotando, mientras intentas decidir si fue lo que crees que fue o si simplemente te contaste una historia. Había vuelto hoy al sitio en parte por el pescado y en parte, seré honesto, por eso: para ver si algo se aclaraba o si el lugar por sí solo me decía que había exagerado.
La cola ha avanzado sin prisa. El local no tiene pretensiones de nada: letrero directo, mostrador a la vista, olor a fritura y limón que ya desde fuera resulta bastante convincente. He pedido unos tacos de camarón y una agua de horchata que estaba bien fría pero demasiado dulce, con ese punto empalagoso que te deja queriendo agua normal después. Los tacos, en cambio, estaban bien, mejor de lo que esperaba, con el camarón en su punto y sin la salsa de bote que a veces arruina estos sitios. No voy a decir que es la mejor comida que he hecho en Cancún porque no lo sé, pero es de las más honestas, sin el recargo de zona turística que te cobra el ambiente además del plato.
Me he quedado un rato más de lo previsto en la mesa de fuera, que no es exactamente una terraza sino un par de taburetes contra la pared del local con el sol cayendo de costado. Y he visto pasar gente, como hace uno cuando no tiene prisa y sí tiene algo en mente que no termina de resolver. La persona de ayer no ha aparecido. O no ha pasado por ahí mientras yo estaba, que no es lo mismo. He esperado sin hacer de ello una cosa solemne, simplemente mirando la calle, y la calle era solo una calle de Cancún a mediodía: ruidosa, caliente, con un perro echado a la sombra de un coche que no le importaba nada de lo que yo estuviese esperando.
La duda que me llevé de ayer no la he resuelto hoy. He decidido que eso no es necesariamente un problema, aunque tampoco es una conclusión. Puede que lo de ayer fuera exactamente lo que pareció y que hoy simplemente no había nada que ver. O puede que le di más peso del que tenía en ese momento y hoy el sitio me lo ha confirmado sin dramatismo. El perro seguía ahí cuando me he ido. No me ha mirado.
Imprescindible en Cancún, México
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