Hay un número en el que la repetición deja de ser mala suerte y pasa a ser un sistema. Para mí ese número es siete.

Ayer me llegó el aviso del enésimo contratiempo, y lo leí sentado en el bordillo de cemento frente a los almacenes de la zona de Sinchang, cerca de la calle que sube hacia las 168 escaleras. No es un sitio donde uno se queda voluntariamente: huele a gasoil y a fruta madura aplastada, hay una parada de microbús que parece decorativa porque los microbuses nunca paran del todo, y el sol de las cuatro de la tarde cae sin compasión sobre la acera clara. No me quedé por el ambiente. Me quedé porque la alternativa era moverme sin saber bien adónde, y eso me pareció peor.

Tenía en la mochila un trozo de pan de centeno que había comprado por la mañana en una panadería de Nampo que no tiene letrero exterior, solo una pequeña ventana por la que asoma el mostrador, y tres manzanas que compré a una señora cuyo puesto consiste literalmente en una caja de cartón y un taburete. El pan estaba bien. Las manzanas eran demasiado dulces para mi gusto, de esas variedades coreanas que parecen diseñadas para personas que nunca han comido fruta ácida en su vida. Me las comí igual, sentado en ese muro, con la botella de agua tibia que llevaba desde la mañana, mirando cómo dos trabajadores descargaban cajas de algo sin etiqueta de una furgoneta blanca.

Siete retrasos en veintitrés días. Me ha dado por contarlos. El primero me pareció normal, el cuarto ya me irritó, el sexto lo registré con la misma emoción con que uno anota que llueve. Este séptimo entró de perfil, sin drama, casi como si fuera la opción obvia del menú del día. Supongo que en algún momento el patrón te convierte en persona estoica sin pedirte permiso.

Me había levantado a las cinco y media, que es cuando me levanto siempre, y para las nueve ya había caminado por el tramo de costa entre Songdo y el mercado, había tomado un café que costaba la mitad de lo que debería y sabía el doble de bien, y me había sentado en tres sitios distintos a leer sin conseguir concentrarme. Eso tiene un nombre, ese estado, pero no lo voy a escribir aquí porque hace dos días estuve en una charla sobre inteligencia artificial que duró tres horas y salí con la cabeza llena de conceptos que siguen flotando sin aterrizar. Un día de baja intensidad tiene sentido cuando el cráneo todavía procesa el día anterior.

El caso es que con el retraso ya absorbido, la pregunta práctica era si moverme hacia algún sitio a resolver algo o quedarme donde estaba y dejar que la tarde transcurriera. La respuesta honesta era que moverme significaba acumular más fricción sobre fricción, y yo no tenía ganas de eso. Así que me terminé las manzanas demasiado dulces y el pan de centeno y miré cómo un perro callejero de color indefinido se acercaba a olfatear las cáscaras que había dejado sobre el cemento, las ignoraba con desprecio evidente, y se marchaba hacia la sombra de la furgoneta blanca.

En algún momento del final de la tarde, desde la dirección del paseo, llegó un sonido de percusión, amortiguado, rítmico, con algo de metal entrechocando. No supe si era una prueba de sonido o el principio de algo más organizado. Duró unos minutos y después paró. Los trabajadores seguían descargando cajas.

El pan ya no estaba. El sol bajó un poco más.

Imprescindible en Busan, Corea del Sur

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