Conté el dinero en la habitación antes de salir, como hago cuando no quiero engañarme: quinientas una rupias en billetes arrugados que el pestillo roto de la cartera ni siquiera puede sujetar bien, así que los llevo doblados en el bolsillo del pantalón. Tercer día en Leh y la cuenta está ahí, sin margen para redondearla hacia arriba.

El oído derecho sigue tapado. No duele, pero todo llega como desde el fondo de un vaso, y eso pone de mal humor de una manera difícil de explicar: no es dolor, es una molestia constante que hace que cada conversación requiera un pequeño esfuerzo extra, como si el mundo hablara en voz baja solo para mí. Bajé por Fort Road con esa sensación, el sol ya pegando fuerte a las diez de la mañana, buscando algo que comer sin destrozar lo que me queda.

Hay un sitio en la zona del bazar principal, el National Restaurant, que tiene fama de barato entre la gente que lleva semanas por aquí. No es ninguna maravilla estética: mesas de madera con la pintura descascarada, un ventilador de techo que gira sin convicción, y un cartel plastificado con el menú pegado con celo a la pared. Pedí el thali vegetariano. Cuando llegó, era exactamente lo que era: arroz blanco, dal espeso, un trozo de pan. Nada más. El plato metálico tenía una abolladuras pequeña en el borde que hacía que el dal se acumulara en un lado, y el arroz llegó un poco frío en el centro. Me lo comí igual porque ciento veinte rupias por llenar el estómago en Leh es un precio que no voy a discutir.

Fue ahí donde vi al tipo. Un hombre de unos cuarenta y tantos, con el pelo gris recogido y una mochila enorme apoyada contra la pata de la silla, le preguntó al encargado en inglés si el thali del día incluía curd. El encargado dijo que sí pero que eran veinte rupias extra. El tipo hizo el gesto de quien ya lo esperaba y pidió sin el curd. Lo entendí perfectamente.

Salí por la misma calle y, sin ningún propósito concreto, tomé un callejón lateral que sube hacia la ladera. Las paredes son bajas y encaladas a medias. Y entonces la vi: una figura pintada en azul y negro sobre la pared de piedra, sin firma, sin fecha visible. Tenía el mentón ligeramente hacia abajo, las cejas gruesas, una expresión que no era triste ni contenta, solo presente. Me detuve más tiempo del razonable. No me parecí a mí en el sentido de que fuera un retrato, sino en que algo en la proporción del gesto, en la forma en que la cabeza inclinaba, era reconocible de una manera incómoda. Como cuando encuentras una foto tuya de hace años y no recuerdas haberte puesto esa cara.

La sobremesa que más me gusta no tiene ningún plan detrás: solo la mesa ya vacía, algo que procesar, sin que nadie meta prisa. Aquí no hay eso. O pagas otra bebida o te levantas. Las ciento veinte rupias compraron cuarenta minutos y punto.

Volví caminando despacio, con el oído derecho siguiendo en lo suyo y los billetes sobrantes en el bolsillo, aplastados contra mi pierna. Trescientas ochenta y una rupias ahora. El pestillo de la cartera sigue sin cerrar.

Imprescindible en Leh, India

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