Hay algo levemente humillante en pagar quince yuanes por un autobús que nunca llega. No es la cantidad, que es casi nada, sino la espera, el sol de mediodía en Avenida Binhu aplastándote la nuca y el conductor que finalmente aparece con cuarenta minutos de retraso y sin la menor muestra de arrepentimiento, como si el tiempo fuera un concepto negociable que él ha decidido rechazar. Pagué, subí, y el trayecto duró doce minutos. Ahí se fue parte de la mañana y parte de lo poco que me quedaba de buen humor.
La noche anterior había cenado con Matías, un argentino que conocí hace meses en algún hostel que ya no recuerdo bien, y que apareció ayer en Korla con esa facilidad despreocupada que tienen algunos viajeros para materializarse en ciudades inesperadas. La cena fue larga, el vino malo, y las confidencias del tipo que sólo salen después del segundo vaso. Esta mañana le mandé un mensaje para desayunar juntos y no contestó hasta las once: «Ya salí, hermano, perdona. Buen camino.» Eso fue todo. Sin más contexto, sin destino mencionado, sin el nombre de la ciudad siguiente. Me quedé mirando la pantalla del teléfono con esa sensación rara de haber invertido algo que no recuperas, aunque tampoco sepas exactamente qué.
Fui al mercado de Xin Hua Road sin ningún plan concreto, que es probablemente la mejor forma de ir a cualquier mercado. Los puestos de fruta olían a melón de Hami con esa intensidad dulzona que bordea lo excesivo, y una señora con delantal verde neón me ofreció una rodaja sin que yo la hubiera mirado directamente, como si detectara a distancia quién no ha desayunado bien. La acepté. Estaba perfecta. No la compré porque tampoco tenía mucho sentido cargar con un melón entero por la ciudad, pero el gesto me pareció más honesto que la mitad de las interacciones del día.
Mi hermano me dijo una vez que dar la vuelta al mundo era «una locura», con esa entonación específica que usan las personas sensatas para hacer saber que no comparten tu criterio pero tampoco van a discutir. Llevo cincuenta y siete días pensando en esa frase cada vez que me paro en algún sitio más tiempo del previsto, porque quedarse también se siente como una forma de irracionalidad, aunque de signo contrario. Korla es una ciudad de cruce: lo fue para las caravanas que venían del oeste hacia Dunhuang, lo es ahora para los camiones que atraviesan el Tarim cargados de petróleo y cebollas. Nadie elige Korla como destino final. Todos pasan. Y yo llevo aquí más días de los que había calculado, sin saber muy bien si eso es una decisión o simplemente una pausa que se ha vuelto costumbre.
Por la tarde volví a Binhu Avenue porque es el único sitio de la ciudad donde el calor no se siente como una afrenta personal. El lago tiene esa quietud artificial de los espacios diseñados para el ocio obligatorio, con parejas de ancianos haciendo ejercicio bajo los álamos y un vendedor de palomitas que tenía una pegatina de un pato con gafas de sol pegada en el carrito, sin explicación aparente y sin que nadie pareciera encontrarlo extraño. Me senté en un banco de cemento y pensé que debería tener más claro adónde voy después, y que no lo tengo nada claro, y que eso es exactamente el tipo de cosa que mi hermano llamaría una locura.
El sol se fue bajando despacio sobre los edificios del lado oeste. El vendedor del pato con gafas enrolló el toldo y se marchó sin prisa.
Imprescindible en Korla, China
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