Cien rupias. Eso es lo que me costó el adaptador de corriente que desapareció esta mañana en algún punto entre el guesthouse y el puesto de chai de Changspa Road, y no sé si lo dejé sobre la mesita o si salió del bolsillo de la mochila cuando saqué el pañuelo. Lo que sé es que ya no está. Cien rupias de un total que no da para grandes alegrías.
El oído derecho sigue tapado, como lleva días. Mastico, bostezo, nada. Esta mañana me desperté convencido de que se había destapado solo, pero no. Ese sonido acolchado que lo filtra todo sigue ahí, y hace que las conversaciones suenen como si la gente hablara desde detrás de una puerta. No es un drama. Es un ruido de fondo que no se va.
Salí sin el adaptador y sin saber todavía que lo había perdido. Bajé por Changspa Road hacia el lado del mercado de verduras, ese tramo donde las paredes descascaradas mezclan capas de azul y amarillo en una especie de estratigrafía accidental, adobe asomando donde la pintura cede. Me paré ahí un momento, no por nada especial, sino porque había una sombra buena y el oído tapado hace que parar sea más fácil que caminar con ruido. Una pared deteriorada con décadas encima. Sin intención. Solo textura.
Fue ahí cuando un tipo apareció. Treinta y tantos, mochila pequeña de color verde botella, zapatillas demasiado blancas para el polvo de Leh. No le presté atención. Seguí caminando.
Lo vi de nuevo en el puesto de la esquina donde venden thukpa por la mañana, esos cuencos con el caldo más oscuro que suelo pedir cuando no quiero pensar qué desayuno. Él también estaba ahí. Pidió algo, esperó, se fue antes que yo. Coincidencia. Leh no es grande.
La tercera vez fue rara. Pasé por la calle detrás del gurdwara, que no es un sitio por el que uno pase por casualidad porque no lleva a ningún lugar de interés obvio, y el tipo estaba apoyado en una pared con el teléfono en la mano. Me miró. Yo lo miré. Ninguno dijo nada. Él siguió mirando el teléfono. Yo seguí caminando.
No sé qué hace aquí ni si va a sus cosas o si hay alguna explicación obvia que se me escapa. Lo más probable es lo segundo. Pero tres veces en tres sitios distintos en una mañana, en una ciudad donde yo tampoco tengo un itinerario muy claro, tiene una cualidad extraña que no se disuelve con explicaciones razonables.
Volví al guesthouse a mediodía buscando el adaptador. No estaba en la mesita, no estaba en la mochila, no estaba en el cajón donde a veces dejo cosas sin pensar. Revisé todo dos veces. Nada. Tuve que tomar la decisión de ir a buscar uno nuevo antes de que la batería del portátil bajara demasiado, lo cual implicaba gastar más de lo que quería en un día en que ya había perdido lo que había perdido. El vendedor de electrónica de la calle paralela a Fort Road me cobró noventa rupias por uno de plástico beige con el enchufe torcido. Funciona, por ahora.
Ciento noventa rupias en un día sin haber hecho nada particular. Quedé sentado en la habitación con el portátil enchufado al adaptador nuevo y el thukpa de la mañana ya muy lejos, pensando que Leh te cobra la quietud de otra manera. No en vuelos ni en traslados. En pequeñas pérdidas que se acumulan sin que nadie te las anuncie. Me importa el momos bueno, me importa el caldo del puesto de la esquina, me importa llegar a una ciudad nueva con ganas de probar lo que venden en el mercado. No me importa el adaptador de corriente beige. Pero sí me importan noventa rupias.
El tipo de la mochila verde botella no apareció por la tarde.
Imprescindible en Leh, India
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