Natori es el tipo de sitio al que la gente llega porque el expreso no para aquí, sino en Sendai, y entonces Natori queda como ese kilómetro de más que nadie recorre adrede. Ciento diez días viajando y llevo dos aquí, quieto, sin ir a ningún sitio, lo cual en teoría debería ser un descanso y en la práctica se siente como estar sentado en el pasillo de alguien esperando que abran la puerta.
Ayer todavía tenía el olor del caldo de anoche pegado en la ropa, ese ramen que compartí con media docena de viajeros varados en Sapporo por la huelga de transportes, gente con la que intercambié tres palabras en inglés básico y el resto lo entendimos señalando los ingredientes flotando en el tazón. No fue ningún momento especial, fue una colisión logística con forma de cena, y aun así lo sigo pensando esta mañana, probablemente porque fue la última comida caliente con más de un plato en la mesa y desde entonces he estado contando lo que me quedo en el bolsillo con una precisión que no reconocería en mí mismo hace tres meses.
La cocina del Hormon-tei no es exactamente la entrada. Lo entendí cuando los dos hombres que estaban cortando intestino de cerdo sobre una tabla de madera levantaron la vista al mismo tiempo y me miraron sin ninguna expresión de sorpresa, como si los turistas despistados entraran por esa puerta exactamente tres veces por semana y ellos llevaran el conteo. Uno señaló hacia la derecha con el cuchillo, un gesto pequeño y definitivo, sin dejar de cortar. El otro ya había vuelto al trabajo. Salí, encontré la puerta correcta dos metros más allá, que era literalmente idéntica salvo por el cartel de noren colgando encima, y me pregunté cuántas veces en estos ciento diez días me he equivocado de puerta y simplemente no lo he notado porque nadie llevaba un cuchillo.
El hormon que pedí después no me convenció del todo, hay una textura en las vísceras a la plancha que requiere cierta disposición previa y yo no la tenía, pero el caldo que lo acompañaba sí estaba bien, oscuro y salado y sin pretensiones, y eso es lo que le pido a la comida cuando estoy en un sitio en el que nadie espera que yo tenga una opinión. Me quedé un rato mirando cómo el humo de la plancha se enredaba en el extractor del techo, que hacía un ruido rítmico y levemente irritante, como una lavadora en el piso de arriba.
Seis contratiempos en veinticinco días es un patrón, no una racha. Hay una diferencia importante entre los dos y es que la racha implica que en algún momento termina. Me atrajo siempre esa clase de ideas que al principio suenan absurdas pero tienen una lógica interna que se sostiene: que lo que parece caos puede ser estructura, que el desorden repetido suficientes veces empieza a parecerse a un calendario. Sentado en Natori, mirando cómo pasan los camiones por la Ruta 4 al fondo de la calle, me parece que la idea aguanta el peso pero que no consuela nada, lo cual también es una forma de coherencia.
La mesa cuando me la pusieron tenía demasiados platos para lo que había pedido, varios cuencos pequeños con encurtidos y arroz y una sopa que nadie me había prometido, y dos manos ajenas que aparecieron desde algún lado para colocarlos sin que yo pudiera ver bien a quién pertenecían. Eso es lo bueno de los sitios de barrio: el protocolo no existe, existe el ritmo, y el ritmo incluye darte cosas que no pediste porque sería raro no hacerlo. Me quedé con el bol de sopa entre las manos un momento más de lo necesario, notando el peso.
Imprescindible en Natori, Japón
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