¿Para qué salir si la calle de Xinhua te devuelve a la acera en diez minutos? No es una pregunta retórica: lo comprobé esta mañana cuando intenté llegar caminando hasta el cruce con el mercado cubierto y tuve que rendirme antes de las once porque el asfalto desprende un calor que no es calor sino algo más cercano a la idea de ser planchado. Cuarenta y tres grados según el panel digital pegado en la fachada de una farmacia, aunque el termómetro estaba al sol directo, lo cual probablemente inflaba el número. Probablemente. El caso es que a las 11:07 ya estaba de vuelta en la sombra del portal, sudado y sin haber hecho nada útil.
Los ciclistas no se detienen. Eso me llama la atención desde hace días: los peatones van despacio, los tenderos se abanican con cartones de embalaje, yo me pego a cualquier franja de sombra, y ellos pedalean como si la temperatura fuera una convención social que han decidido ignorar. Un señor con una bolsa de malla cargada de melones pasó tres veces por delante del mismo portal, lo cual no tiene sentido geográfico a menos que estuviera esperando algo. No le pregunté.
Las tiendas de Xinhua tienen una característica que me resulta difícil de describir sin sonar quejoso: todos los letreros compiten al mismo tiempo. No hay jerarquía visual. Rojo sobre amarillo sobre verde sobre texto en chino sobre texto en uigur sobre precio rebajado sobre precio normal, todo a la misma altura, todo a la misma intensidad. Después de un rato deja de ser información y se convierte en ruido de fondo con forma de letras. Me paré frente a un local que vendía lo que parecía ser todo: herramientas, zapatillas de deporte, botellas de aceite, un ventilador de sobremesa que no sé si era para vender o para uso propio del dependiente. El dependiente dormía sentado con la barbilla en el pecho. No entré.
La cuestión del Paso de Tiemén lleva ya varios días dando vueltas en la cabeza sin resolverse. Está a menos de cien kilómetros al norte, en teoría. En teoría porque lo que hay entre aquí y allí son controles, permisos que puede que necesiten tramitación previa, y una carretera que varios sitios describen con el adjetivo «difícil» sin molestarse en precisar qué significa difícil. Ayer tampoco lo resolví. Anteayer tampoco. La semana tiene una manera de convertir las intenciones en aplazamientos sin que uno tome ninguna decisión activa: simplemente pasan los días y el Paso sigue siendo algo que «haré mañana».
Hoy el plan concreto era averiguar en qué oficina o mostrador de la ciudad se tramitan esas autorizaciones de zona restringida, o si siquiera hace falta algo formal, porque la información que encontré en foros es contradictoria y tiene entre dos y cuatro años de antigüedad. Salí con esa intención. Llegué hasta un edificio de aspecto administrativo cerca del parque, vi la cola que salía por la puerta, calculé el tiempo que llevaría, recordé los cuarenta y tres grados, y seguí caminando sin parar. Eso no es una decisión, es una capitulación gradual que uno se cuenta a sí mismo como pragmatismo.
Lo que sí conseguí: un cucurucho de melocotones pequeños comprados a una mujer que tenía la fruta en una caja de cartón sobre el manillar de la bici, sin báscula, a ojo. Me cobró lo que le pareció razonable y a mí también me pareció razonable, así que nadie protestó. Los melocotones estaban buenos, del tipo que mancha la camiseta si no te inclinas hacia adelante al morderlos. Me incliné hacia adelante.
El Paso de Tiemén no va a resolverse solo. Mañana tengo que volver a ese edificio, esperar la cola, y preguntarle a alguien con autoridad suficiente qué papeles necesito o si es un trámite que no existe y llevo días esquivando una burocracia imaginaria. Una de las dos cosas. Los melocotones ya no están.
Imprescindible en Korla, China
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