Ayer el gato se fue solo. O eso supongo, porque cuando volví a mirar ya no estaba, y el hueco que dejó en mis vaqueros seguía ahí, ese peso fantasma que uno nota cuando algo estuvo quieto demasiado tiempo. Lo que no se fue fue el resto: la pérdida de ayer, cincuenta dólares que salieron de mi cuenta de una forma que todavía no termino de entender del todo, una transacción que aparece en el historial con un comercio que no recuerdo haber visitado y un importe que no coincide con nada que pueda atribuir a error mío. Eso no se va solo como un gato.

Esta mañana fui al banco. No al cajero, al banco, lo cual en Busan implica coger el metro hasta Seomyeon, esperar turno sentado en una silla de plástico color crema que chirría cada vez que cambias de postura, y explicarle a una funcionaria que habla un inglés funcional pero no más que eso lo que pasó con mi tarjeta. El proceso duró cuarenta minutos. Al final, la funcionaria me entregó un papel con un número de referencia, me dijo «please wait seven to ten business days» con una sonrisa que no llegaba a los ojos, y eso fue todo. Cuarenta minutos de mi mañana por un papel con un número que significa, básicamente, nada todavía.

Salí del banco con el papel en el bolsillo y sin ningún plan concreto, lo cual a veces es la única decisión honesta. Caminé hasta la zona del puerto por Suyeong, ese tramo del frente marítimo que no aparece en las fotos de Busan que circulan por internet porque no hay nada fotogénico: hay tetrapodos de hormigón gris acumulados en la orilla como dados tirados sin orden, hay barcos de carga con cascos naranja oscuro, hay olor a gasoil y a algo orgánico que no quiero identificar. Me quedé un rato mirando el agua desde el espigón. La luz de tarde caía plana sobre el hormigón, sin ángulo, sin la clase de dramatismo que uno espera del mar. Un operario con casco blanco cruzó por detrás de mí empujando algo en una carretilla sin ruedas traseras, haciendo un ruido espantoso contra el suelo, sin detenerse.

Aquí tengo que ser honesto conmigo mismo, que es lo más difícil: esto ya no es mala suerte. Hace diecinueve días fue el primero, luego hace quince, hace catorce, hace diez, hace tres, y ayer dos veces en el mismo día. La palabra «contratiempo» implica algo accidental, un suceso que irrumpe en un orden previo. Cuando el patrón se repite así no estoy ante contratiempos, estoy ante algo que funciona de otra manera y que todavía no sé nombrar bien. Hay una aritmética aquí que me supera, y lo que me irrita no es la pérdida en sí sino la sensación de que la pérdida ya estaba calculada antes de que yo llegara.

El problema ético es este: con el papel del banco en el bolsillo tengo dos opciones concretas. Puedo esperar los siete a diez días laborables y confiar en que el proceso funcione, lo cual implica aceptar una lógica de la que soy el último en enterarme. O puedo cancelar la tarjeta ya, cortar el ciclo aunque eso me deje con efectivo limitado y sin manera ágil de pagar nada durante días. Cancelar parece la decisión adulta y razonable. También me deja más expuesto en otros sentidos, y eso no es gratis. Estoy pensando en los veranos de pequeño, cuando en casa lo que se hacía era no tomar decisiones rápidas sobre dinero sin dormir antes encima de ellas, una regla que mi madre defendía con la misma firmeza con que defendía no salir al agua después de comer. Me quedé con eso: esta noche no decido.

El agua del puerto seguía igual cuando me fui. Los tetrapodos también. El operario ya no estaba, pero la marca que había dejado la carretilla rota en el hormigón era perfectamente visible, una línea irregular que cruzaba el espigón de lado a lado y no llevaba a ningún sitio en particular.

Imprescindible en Busan, Corea del Sur

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