La tarjeta no pasó la primera vez. Tampoco la segunda. La tercera ya me estaba mirando el chico detrás del mostrador con esa expresión de «tranquilo, pasa» que en realidad significa «esto es incómodo para los dos», y yo pensando que ayer también algo falló, concretamente la aplicación del banco, que se quedó cargando durante veinte minutos hasta que me devolvió un error genérico sin ninguna explicación útil. Tercer intento con la tarjeta: pasó. No sé por qué. No importa. Me senté.

La cafetería está en un callejón de Nampo-dong que huele a fritos de pescado si el viento viene del lado de Jagalchi, y a café tostado si no. Hoy el viento no venía de ese lado, lo cual fue el único favor que me hizo la mañana. El local tiene las paredes pintadas de blanco con manchas de húmedad en una esquina que nadie ha tapado, y en los estantes del fondo hay dosificadores y molinillos ordenados con una precisión que no cuadra con el pequeño caos del mostrador, donde hay tres bolígrafos sin tapa y un post-it arrugado pegado al cristal del ventanal. La luz entra bien a esta hora.

Pedí el café sin mirar el precio. Cosa que no hago nunca, o casi nunca, pero llevo un mes sangrando dinero por sitios que no termino de rastrear: hay un cargo de hace dieciséis días que no reconozco, otro de hace veintiún días igual de opaco, más los gastos hormiga de las últimas semanas que suman más de lo que deberían. Y ayer, encima del fallo del banco, me di cuenta de que el total no cuadra. No cuadra en absoluto. Lo miré dos veces en la hoja de gastos que llevo en una libreta y no cuadra. Hay dinero que salió y no sé a dónde fue.

No es catastrófico. Lo digo así, en plano, para no exagerar. Pero tampoco es normal perder el rastro de dónde se va el dinero de forma tan constante, durante semanas, con esa regularidad irritante de contratiempo tras contratiempo que no tiene ningún patrón obvio más allá de «algo siempre falla». Hace cinco días, otro. Hace doce, otro. Son pequeñas fugas, no una crisis, pero el goteo continuo tiene su propio efecto: al final del día estás más cansado de lo que deberías.

Por eso hoy me quedé aquí. No porque Busan no tenga nada que hacer un domingo, que lo tiene, sino porque moverse cuando algo sigue sin resolverse no es avanzar, es simplemente desplazar el problema. Me planté. Pedí el café, abrí la libreta, y revisé cada entrada de las últimas tres semanas sin ninguna prisa especial. Afuera las calles estaban más tranquilas que un sábado normal, todavía con alguna bandera coreana colgada de los balcones por el día de ayer. Un señor mayor barrió la acera de la tienda de al lado durante quince minutos sin parar, con una metodicidad que me pareció admirable y ligeramente obsesiva a partes iguales.

El café, hay que reconocerlo, estaba bien. No de forma espectacular, no de esas tazas que recuerdas durante días, sino bien de verdad: temperatura correcta, punto de acidez sin pasarse, el amargor justo para que tenga sentido beberlo sin azúcar. Es una cosa pequeña pero en una mañana donde la tarjeta falló tres veces y el banco falló ayer y la libreta sigue sin cuadrar, que al menos el café sea exactamente lo que pediste tiene un valor que no es pequeño.

La libreta sigue sin cuadrar, por cierto. Lo apunté como pendiente con un círculo rojo, que es lo que hago cuando algo no quiero olvidar. El círculo está ahí, en la página, mirándome. Cerré la libreta y pedí otro café.

Imprescindible en Busan, Corea del Sur

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